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¿Existió alguna vez la nada?

Una reflexión sobre el principio del tiempo, el origen del universo y la cuestión del diseño inteligente...

¿Has pensado alguna vez en el principio? ¿Que qué es eso? Pues eso: ¿qué fue lo que apareció primero? O, ¿qué fue lo primero que existió, en los primeros momentos del Tiempo? ¿Alguna vez te has esforzado en pensar en eso?

«Un momento», dices. «¿No es posible que al principio no existiera nada? ¿No es posible que hace tropocientos años no hubiera nada?» La verdad es que ésa es una hipótesis que hay que tener en cuenta, así que vamos a meditar sobre ella; aunque en primer lugar lo haremos utilizando una analogía.

Imaginemos una habitación muy grande. Está cerrada herméticamente, y tiene las dimensiones de un campo de fútbol. La habitación está sellada permanentemente, no tiene puertas, ventanas ni huecos en las paredes.

Dentro de la habitación no hay nada. Nada en absoluto. Ni una partícula de nada. Tampoco hay aire. Ni polvo, ni luz. Es una habitación sellada donde reina la oscuridad más impenetrable. Entonces, ¿qué sucede?

Bien, imaginemos que tu objetivo consiste en meter algo, lo que sea, en esa habitación. Pero las normas son: para conseguirlo, no puedes introducir en la habitación nada de lo que haya fuera. ¿Qué harías en ese caso?


«Bueno», piensas, «¿y si intento crear una chispa dentro de la habitación? Entonces tendrá luz, aunque sólo sea un instante. Eso se puede considerar algo». Sí, pero tú estás fuera de la habitación, de manera que eso no vale.

«Pero», argumentas, «¿y si pudiera teletransportar algo al interior del cuarto, como hacen en Star Trek?». Una vez más, eso no está permitido, porque estarías usando algo procedente del exterior de la habitación. Se nos vuelve a plantear el mismo dilema: tienes que meter algo dentro de la habitación pero usando sólo lo que hay dentro de ella. Y, en este caso, la habitación no contiene nada.

«Vale», dices, «quizá si esperamos el tiempo suficiente, aparezca una diminuta partícula de algo dentro de la habitación».

Esta teoría nos plantea tres problemas. Primero, el tiempo por sí solo no hace nada. Las cosas pasan con el transcurso del tiempo, pero no es el tiempo el que hace que pasen. Por ejemplo, si esperas un cuarto de hora a que se hornee un pastel, lo que hace que se cueza no es el tiempo que pasa, sino el calor del horno. Si dejas la masa del pastel encima de la mesa de la cocina durante 15 minutos, seguro que no se cuece.

Siguiendo con nuestra analogía, tenemos una habitación totalmente sellada en cuyo interior no hay absolutamente nada. El hecho de que esperemos un cuarto de hora, por sí solo, no cambiará esa situación. «De acuerdo», dices. «¿Y si esperamos durante eones?». Pues que un eón no es otra cosa que un montón de segmentos de un cuarto de hora comprimidos. Si dejaras el pastel sin cocer en la mesa y esperases un eón, ¿se cocería?


El segundo problema es éste: ¿por qué iba a «aparecer» algo en el cuarto vacío? Para que sucediera eso tendría que haber un motivo. Pero dentro de la habitación no hay nada. Por tanto, ¿qué va a hacer que esa situación cambie? Dentro del cuarto no hay nada que pueda hacer que aparezca algo (y, sin embargo, el motivo debe proceder del interior de la habitación).

«Muy bien», arguyes, «¿y una diminuta partícula de algo? ¿No hay más probabilidades de que eso se materialice en el cuarto que algo grande como, por ejemplo, una pelota de fútbol?».

Eso nos lleva al tercer problema: el tamaño. Igual que el tiempo, el tamaño es un concepto abstracto. Es relativo. Digamos que tienes tres pelotas de tenis de diversos tamaños. Una tiene un diámetro de tres metros, la otra de metro y medio y la tercera tiene un tamaño normal. ¿Cuál de ellas es más probable que se materialice en el cuarto?

¿La pelota de tamaño normal? áNo! Las tres tendrían la misma probabilidad. El tamaño no es importante. La cuestión es si es posible o no que cualquier pelota de tenis, del tamaño que sea, «apareciera» por arte de magia en nuestra estancia sellada y vacía.

Si no crees que una pelota de tenis, por pequeña que fuera, pudiese aparecer en el cuarto, por mucho tiempo que transcurriera, debes llegar a la conclusión de que tampoco algo tan pequeño como un átomo puede hacerlo. El tamaño es indiferente. La probabilidad de que una partícula casi invisible aparezca sin motivo es la misma de que surja de la nada una nevera.


Llevemos nuestra analogía un paso más allá. Cojamos nuestra habitación, grande y oscura, y quitémosle las paredes. Luego ampliemos el cuarto hasta que se extienda infinitamente en todas direcciones. Ahora, fuera del cuarto no hay nada, porque lo único que existe es el cuarto. Punto.

Esta estancia oscura e infinita no tiene luz, ni polvo, ni ningún tipo de partículas, nada de aire, ni de elementos, ni de moléculas. Es la nada más absoluta. De hecho, la podemos llamar la Nada.

Y ahora viene la pregunta: si originariamente, digamos hace tropocientos veinte años, sólo existía la Nada, ¿no es lógico que hoy la situación siguiera siendo la misma?

Sí. Porque algo, por pequeño que sea, no puede surgir de la Nada absoluta. Si eso fuera así, hoy día seguiría habiendo Nada absoluta por todas partes.


¿Qué nos dice esto? Que en ningún momento existió la Nada absoluta. ¿Por qué? Porque, si alguna vez hubiera existido la Nada absoluta, á hoy día seguiría sin existir nada! Si alguna vez hubiera existido la Nada absoluta, no hubiera habido nada fuera de ella que provocase la existencia de algo.

Además, si alguna vez existió la Nada absoluta, seguiría existiendo hoy. Sin embargo, algo existe. En realidad, son muchas las cosas que existen. Tú, por ejemplo, eres un ser que existe, un algo muy importante. Por consiguiente, eres una prueba de que la Nada absoluta no ha existido nunca.

Por tanto, si nunca ha existido la Nada absoluta, eso quiere decir que hubo un momento en que existió al menos Algo. ¿Qué fue?

¿Era una sola cosa o muchas? ¿Fue un átomo? ¿Una partícula, una molécula? ¿Fue una pelota de fútbol, una pelota mutante? ¿Una nevera? ¿Un pastel?

Para descubrirlo, ve a Algo.